Sofistas: ¿Maestros de la palabra o vendedores de humo?

La ciudad que vio nacer la filosofía y gran parte del pensamiento occidental fue Atenas, en el siglo IV a. C. Allí surgió una nueva manera de acceder al conocimiento, distinta de la tradición de los sabios clásicos.

Los sofistas eran educadores que, a diferencia de los sabios antiguos, cobraban por sus enseñanzas. Mientras los filósofos tradicionales compartían sus ideas con un círculo reducido de discípulos, los sofistas ofrecían su conocimiento a cualquiera que pudiera pagar por él.

Esto causó un enorme rechazo entre la aristocracia conservadora de Atenas, curiosamente la misma que despreciaba el dinero… pero lo tenía de sobra.

Además, su objetivo no era buscar la verdad universal, sino enseñar el arte de convencer mediante la palabra, sin importar si el argumento era verdadero o falso, moral o inmoral. En una democracia donde la capacidad de hablar podía cambiar leyes o librarte de un castigo judicial, esa habilidad era oro puro.

Atenas se convirtió así en una cuna de expertos en retórica y oratoria. Filósofos como Platón los detestaban porque su relativismo chocaba con su idea de una verdad universal. Los sofistas, en cambio, defendían que todo dependía del punto de vista y de la meta que se persiguiera: “El hombre es la medida de todas las cosas”, decía Protágoras; y Gorgias remataba con su provocador escepticismo: “Nada existe; si existiera, sería incognoscible; y si fuera cognoscible, sería incomunicable”.

¿Y hoy?

El pensamiento relativista sigue presente. Desde políticos que convencen a millones con pésimas ideas, hasta debates donde gana quien argumenta mejor, no quien tiene la razón.

Esto también se refleja en la educación moderna. Un profesor de matemáticas te enseña a usar una fórmula sin explicarte de dónde viene. Un maestro de sociales te cuenta un conflicto, pero rara vez te da herramientas para verificarlo por ti mismo.

No se trata de culpar a los profesores; son una pieza más del rompecabezas. Vivimos en una era donde razonar y analizar parece ser un privilegio, no una práctica común. Estamos rodeados de información que creemos cierta sin cuestionarla, tal como advirtió Platón en su alegoría de la cueva.

Puede que vivamos en una mentira y, si no buscamos la verdad, nadie lo hará por nosotros. Algunos preferirán quedarse cómodos dentro de su ilusión; otros, en cambio, se atreverán a buscar lo que es real.

Los sofistas no eran malos, y mucho menos los docentes actuales. No podemos controlar las acciones de los demás, pero tenemos el maravilloso poder de dudar… o creer.