▷ Cuento: Vientos Sabios

Las nubes cada vez se amontonan más en un bulto gris, y ya no me importaría que lloviera, si no estuviéramos rodeados por miles y miles de litros de agua salada. La barca debajo de mis botas desgastadas crujía tanto como mis intestinos bajo ese cúmulo de escombros que, en un momento, llamé hogar. Aunque aún conserva su esencia, ya no es lo mismo. Antes, esas maderas nos protegían a mí y a mi familia del frío y la lluvia, pero ahora solo me ayuda a escapar de la guerra que me arrebató a mis padres.

Hasta el momento, mi construcción de la barca me ha protegido de ser devorado por un tiburón, aunque me siguen preocupando los crujidos de las maderas. El viento y las olas me mueven exactamente hacia el nuevo lugar que no será mi hogar, pero que deberé aceptar como tal. Mientras le doy vueltas al mapa que realicé, vuelvo a mi realidad cuando una gota de lluvia cae sobre el trozo de papel. Guardo rápidamente el mapa dentro de la bolsa para evitar que se moje y lo coloco en la orilla de mi pantalón. Halo con fuerza las tiras de cuero que sujetan las maderas y me sujeto fuerte contra las orillas de mi barca improvisada.

Las lluvias aumentan su intensidad, empapando toda mi cara, el viento zumba en mis oídos mientras escucho un crujido más fuerte de lo habitual. Observo cómo una madera se agrieta, dejando pasar lenta pero constantemente agua al interior de la embarcación. Me arrastro un par de centímetros hasta la grieta con dificultad, y junto mis manos tratando de detener el drenaje. Pero no funciona, el agua encuentra el camino entre mis dedos para entrar.

Me pongo de pie tratando de poner mi bota en la grieta como segunda opción. Aunque funciona, no es tan efectivo. Tomo mi bota derecha sacando la mayor cantidad de agua posible mientras sigo disminuyendo el flujo con mi pie izquierdo. El oleaje era tan fuerte como si se tratara de dos toros peleando. Intento mantenerme en la barca pero es imposible, una de las olas me arroja al agua turbia. Me hundo con fuerza, lo único que puedo escuchar es el burbujeo del agua a mi alrededor.

La angustia me invade cuando el oxígeno almacenado en mis pulmones se agota como las esperanzas de sobrevivir. Asomo mi cabeza tomando una gran bocanada de aire. Mientras sigo moviéndome para mantenerme a flote, intento encontrar mi barca pero mi visibilidad es interrumpida por una densa espuma blanca. Empiezo a nadar sin rumbo, solo con la esperanza de encontrar mi barca a ciegas y… lo logro, me sujeto a una estructura de madera que identifico inmediatamente. Con dificultad doy un salto adentro como si fuera una foca.

El agua que entraba de la grieta ya había ingresado un par de centímetros más. Inmediatamente tapo el agujero nuevamente con mi única bota y saco el agua con mis manos. Poco a poco la lluvia cesa dejándome con una llovizna y un sol cegador. Ya es más sencillo mantener fuera el agua, pero algo en mí no es normal, siento como si una nube estuviera entre mis pantalones o me estuviera orinando, un goteo constante me alerta.

Al observar esa bolsa donde se encontraba el mapa, veo cómo una cantidad pequeña de agua sale de su interior. Rápidamente tomo la bolsa y con cuidado saco el mapa. El papel se deshace en mis manos. Tomo un respiro mientras hago lo que negué hacer durante tanto tiempo, llorar. Lloro como un niño desconsolado mientras tomo el papel hecho puré y relleno la grieta en la barca.

El sol asoma poco a poco, deslumbrante, secando el papel hasta volverlo tan rígido como la expresión en mi rostro. Rendido, me recuesto en el fondo de la barca, repitiéndome que esto es preferible a morir bombardeado o ser devorado por algún pez en las profundidades del mar. Cansado, hambriento y sediento, cierro los ojos para olvidarlo todo. Los recuerdos llegan tan velozmente como aquellos aviones que asolaban mi pueblo. Rememoro cómo celebré mis 17 años con mi familia, y cómo tuve que presenciar su muerte de la manera más cruel posible.

La vida me recibió a la mayoría de edad escondido debajo de unos escombros, la somnolencia me invade, siento como todo el cuerpo cede al cansancio. Un golpe fuerte me despierta, suena como si hubiera chocado con algo de grandes proporciones. En ese momento, la barca deja de moverse. Aún confundido, me levanto con las pocas fuerzas que me quedan, y allí lo veo, edificios grandes, personas caminando por la orilla, un poco atónitas por mi presencia.

La vida tiene altibajos, en un momento puedes ser el rey, mientras en otros simplemente la servidumbre. Sea cual sea el caso, la vida me tenía algo bueno guardado para mí. Aunque las aguas parecían turbias, los vientos encontraron mi camino... mi nuevo hogar.