Advertencia: Este relato contiene temas sensibles como la depresión, el suicidio y emociones intensas. Se recomienda discreción.
El viento golpea mi cara, congelando las lágrimas que caen por mis mejillas. Mis piernas tiemblan tan fuerte como el vaivén de las hojas de los árboles al final del precipicio. La soledad y la tristeza que guardo son tan grandes como la decisión de saltar.
Camino unos pasos por la barandilla, asegurándome de apuntar hacia la roca más dura y afilada que pueda encontrar. Suspiro al observar los intentos fallidos marcados en mis muñecas. La vibración de mi teléfono llama mi atención. Lo cojo entre mis manos y, sin prestar atención a las notificaciones, lo arrojo hacia el extremo más distante del puente.
Al dar el paso hacia adelante, la gravedad se hace presente con una fuerza abismal, como si una cuerda atada a mi cuello fuera tirada por mi propio peso, acercándome cada vez más a la piedra. La velocidad parecía desafiar al tiempo, que se ralentizaba ante mis ojos.
Los recuerdos rápidamente vuelven a mí. Parece que ni el alcohol ni las pastillas lograron hacerme olvidar. Frases como 'te odio' o 'eres un inútil' se repetían, frecuentemente pronunciadas por las personas menos indicadas para decirlas.
Pero... ¿por qué salvar a alguien a quien dices odiar? ¿No sería mejor dejarlo agonizar para deshacerte de él? Esta ha sido una de mis dudas más frecuentes, que muy pronto se resolverá. Finalmente, mi familia podrá ser feliz sin mí. Nadie me quiso y nadie me extrañará, solo... espera... ¡mi hija!
Ajito mis brazos con la esperanza de volar como un ave y escapar de aquí. Maldigo todas mis decisiones y me arrepiento de lo que hice. Ahora veo que alguien realmente me quería y me necesitaba, pero estaba ciego ante la cortina de maldad en mi vida. No importa cuánto le pida al universo o intente escapar de esta situación. Ya no hay vuelta atrás.
