Creador de mundos imaginarios tangibles

    

Qué satisfacción da saber que eres el creador de algo.
En mi caso, escribir se ha convertido en esa adicción: la de sentirme como el creador de mi propio universo, donde todo va tal cual como lo pensé y donde prácticamente mi voluntad es lo único que importa.

Lo más increíble es que, para que realmente funcione, solo yo puedo ser quien se lo imagine y solo yo lo puedo plasmar exactamente como lo pensé en un principio. Si alguien más mete mano, ya sea con la idea o poniendo la mano para crearlo, deja de ser tu mundo y se convierte en algo similar, pero sin la esencia que lo hace tuyo.

Y aunque escriba cosas que a simple percepción parecen distintas, ya sea por su estilo narrativo o por el elemento central que abarcan, todo está conectado por esa manera única de pensar o de plasmar una idea en algo tangible: distintos mundos que viven en una misma mente.

Siempre lo he dicho: los escritores hacemos magia, porque materializamos nuestros pensamientos como alguien que no está en este mundillo a duras penas podría lograr. Ya que no solo imaginamos personajes y situaciones para involucrarlos, sino también un trasfondo que los hace sentir fuera del papel. Habilidades, sentimientos, errores, el trasfondo de su pasado los convierten de simples marionetas en seres tan creíbles como tú y como yo.

Y si te has emocionado, llorado o enojado leyendo una narración, no eres el único: mientras lo escribíamos, también sentíamos lo mismo. Y eso nos da la certeza de que lo hicimos bien.