¿Qué pasó? ¿Por qué el mundo perdió su color? ¿Por qué mi cuerpo pesa como si cargara más allá de mis propias culpas? ¿Por qué la comida sabe a cartón y ya no me siento feliz? ¿Por qué mi sonrisa es tan rara y el llanto tan común? ¿Por qué hago lo que odio, y odio lo que antes amaba pero ya no hago?
No sé si le pregunto al espejo o a mi reflejo; tal vez le pregunto al cuchillo en mis manos o a la sangre que decora el suelo. ¿Por qué? ¿Por qué me arden las muñecas? ¿Por qué ya no parezco yo? ¿Por qué? ¿Por qué todo se ve tan borroso? ¿Por qué, de pronto, me empiezo a sentir tan feliz?
Mi abuela me decía que un buen cocinero pelaba una papa de un solo corte; me dijo que un día iba a ser tan bueno como ella en la cocina. Le fallé. Lleno de tantos cortes, me doy cuenta de que solo me levantaba el ánimo; nunca iba a ser un experto manejando el cuchillo como ella.
Me quería sentir tan vivo como cuando era niño, así que salí a comprar un par de verduras para cocinar algo. No tenía idea de qué preparar; solo empecé a cortar todos los vegetales de la bolsa. Cuando estaba a punto de rebosar la tercera olla, encendí el fuego y puse la más pequeña a hervir con abundante agua.
Me quedé de pie observando hervir las verduras durante el suficiente tiempo para que mis lágrimas llenaran la olla más grande en mis manos. Muy tarde apagué el fuego; ya se había calcinado.
Nunca fui bueno en nada, mucho menos en la cocina, pero le agradezco a mi abuelita que me enseñó a manejar el cuchillo; hoy le encontré una nueva funcionalidad.
Sigo al frente del espejo, pero mis piernas se cansaron, así que me dejé caer en el suelo. Veo muchas hormiguitas arrastrándose; parecen huir de mi sangre, que parece querer engullírselas. Estoy tan sediento, pero ya no tengo fuerzas para levantarme ni para enfocar mi mirada. Agito la mano en son de despedida a mis únicas amigas, para luego decir adiós.