Sus intentos son inútiles. Yo no dejaré de correr, no sé cuáles son las intenciones de aquella persona encapuchada que porta una navaja en su mano. Quizás solo quiera despojarme de mis pertenencias o sea un loco sediento de ver sangre corriendo a sus pies. Sean cuales sean sus macabras intenciones, no lo logrará. No tengo nada de valor conmigo, solo porto mi disfraz y por mis venas no corre sangre, sino muerte.
El encapuchado es insistente, pero ya escucho su respiración
más acelerada, casi llegando al sofoco, mientras yo estoy tranquilo, respiro
con calma, como si estuviera tomando una taza de té junto a los dioses. Cada
vez se acerca más hacia mí, pero él no sabe que esa acción está ocurriendo
porque esa fue mi voluntad.
Solo quería divertirme un poco, solo quería darle esperanzas
a ese simple mortal, pero no importa sus intentos, no llegará a tocarme ni un
pelo de mi disfraz. ¡Excelente!, pienso para mí. Es hora de darle un buen susto
a este tonto que terminará asustado y pálido como si hubiera visto a mi enemigo
más grande.
Giro a la derecha, entrando en un callejón oscuro y lleno de
maloliente basura. Me doy la vuelta justo para enfrentar al encapuchado. Él
está a un par de metros de mí, no puedo ver su rostro, pero sus dientes brillan
gracias a una farola cercana que rompe la oscuridad de la noche. Una sonrisa
malvada se dibuja en su rostro (pobre del mortal que estuviera en esta
situación con este psicópata). Apuntándome con aquel objeto afilado, da pasos
cautelosos acercándose cada vez más.
Ahora sí, es mi momento de reír un poco. Despliego mis alas,
rasgando el disfraz de piel humana que llevaba puesto. Al notar esto, retrocede
unos pasos. Tomo la forma más aterradora que puedo: dientes grandes, piel gris
y escamosa como la de un cocodrilo, ojos negros y grandes, pezuñas como las de
un búfalo y garras filosas tan grandes como una palma y afiladas como las de un
león a punto de atacar. En ese momento, el pequeño humano a mis pies suplica
que no le haga daño. Soy malvado, pero no tanto, así que acepto su petición.
Para añadir un poco más de emoción, abro mi boca llena de docenas de dientes afilados y emito un rugido escalofriante incluso para mí. Esto hace que la capucha que cubre su rostro se deslice hacia atrás, revelando una expresión de terror, un pálido color, como si un vampiro le hubiera chupado hasta la última gota de sangre de su cuerpo.
Despliego mis alas, alcanzando con las puntas cada extremo
del callejón, y me elevo como un águila, dejando atrás mi piel humana como si
fuera una serpiente mudando de piel. Mientras asciendo, adopto mi forma
angelical, demasiado hermosa para describirla, mientras río de manera
descontrolada. En el cielo, un portal brillante se abre en contraste con la
noche. Paso a través de él y, a mis pies, se cierra como una boca gigante que
me acaba de engullir.
Hola, me presento. Me llamo Afrahan y yo soy… El bufón de
los dioses.
