Este cacharro no quiere frenar. No importa cuántas veces
pise el freno, el carro no quiere detenerse. Me gustaría que fuera igual que la
vieja televisión de la casa de la abuela: cuando la imagen se distorsionaba,
era muy sencillo volverla a la normalidad, solo con unos buenos golpes de puño
cerrado encima del televisor, y eso era suficiente remedio. Yo creo que no es
hora de pensar tonterías. Tengo que pensar qué hacer. Vamos en una carretera de
60 kilómetros y estamos yendo a 80, y este pedazo de metal con ruedas no quiere
detener la marcha.
Vuelvo a pisar el freno con la esperanza de que funcionara
esta vez, pero no, el freno seguía averiado. En este instante sentía mucho
miedo; mi frente sudaba y me costaba agarrar con firmeza el volante. "¡No
frena!", exclamé con voz aterrada, pensando en lo peor. "¿Qué? ¿Que
el carro no frena, no funciona?", le dije a Susana, que estaba sentada en
los asientos traseros. "Creo que es mejor que guardes tus bromas para la
playa", dijo Susana con voz incrédula. "¡Es en serio, el freno no
funciona y el auto no deja de acelerar!", respondí. "¿Qué?
¡Ahora!" exclamó con voz asustada.
"¡Qué puedo hacer!" le pregunté a Susana, ya a
punto de llorar. "¿Qué voy a saber yo? A duras penas aprendí a manejar
bicicleta", respondió. Era cierto, ella no sabía manejar, porque si no, no
se habría puesto en manos de un tonto que no tenía licencia de conducir y que
había aprendido a manejar a base de gritos y regaños de su padre. Cuando me
compré el carro rojo, mejoré un poco, pero mi conducción seguía siendo tan mala
como si un simio que acabara de tomar un par de cervezas se pusiera al volante
de un auto de cambios manuales.
Ahora estoy aquí, sentado al mando del volante en el carro
de los padres de Susana. Sin frenos y a más de 100 kilómetros por hora.
"¡Todo esto es culpa tuya! ¿Por qué tuvimos que agarrar el carro de tus
padres sin permiso?", le reproché a Susana. "¡Esto no es culpa mía,
yo no sabía que estaba averiado!", me respondió muy enojada por lo que
había salido de mi boca. Mientras tocaba el claxon y maniobraba entre autos y
motos.
En una de esas, llegué a rozar a un motorizado en su moto de
color verde, provocando que se desviara y cayera en unos arbustos al lado de la
carretera. La verdad, no sé qué me daba más miedo: saber que el carro no tenía
frenos y no dejaba de acelerar, o los gritos de Susana, que eran tan agudos que
se escuchaban en todas partes. "¡Podrías dejar de gritar, no me dejas
pensar!" le dije a Susana, para ese punto los gritos se habían convertido
en llanto.
Se suponía que esto solo iba a ser un bonito paseo a la
playa, pero no. Ahora me siento como en una de esas películas de persecuciones
en autos deportivos, esquivando coches y dejando un rastro de destrucción a
nuestro paso. En este momento, ya estaba pensando en lo peor. "Última
noticia: se ha encontrado un auto estrellado a la salida de la ciudad, con dos
ocupantes aún no identificados debido a los daños en sus cuerpos", pensé
para mí mismo. Solo de pensar en eso, me uní al llanto de Susana, como el guitarrista
que acompaña al baterista en una banda de rock.
Mi instinto de supervivencia se puso en marcha. "¡Me
voy a tirar! ¡Me voy a tirar!" decía mientras forcejeaba con la manilla de
la puerta que parecía estar trabada. "¡No, no, no, no hagas esa
tontería!" me decía Susana mientras me jaloneaba contra el asiento. Tenía
razón, solo era una tontería motivada por los nervios. Si me hubiera tirado,
habría dado un par de vueltas en el suelo, causando un desastre en la carretera
y probablemente una lesión cerebral grave por el impacto de otro auto.
"¡Oh, no!" exclamé asustadísimo. "¿¡Qué
pasa!?" preguntó Susana entre lágrimas. "Al frente hay un retén
policial", respondí. "Sé que algo dijo Susana, pero estaba tan
asustado que mi cerebro se bloqueó y solo estaba concentrado en tener los ojos
en la carretera. Me imaginaba cómo pasaría junto al policía, provocando que se
despeinara y que los papeles que sostiene en sus manos salieran volando como
mariposas. Pero eso no pasó. Al acercarnos cada vez más, noté que los pinchos
se desplegaron. Me sujeté fuerte al volante mientras apretaba los dientes.
Al pasar sobre esos filosos pinchos, como cuchillos de carnicero, escuché cómo las cuatro ruedas soltaron un sonido al pincharse. Lo juro, lo intenté. Traté de mantenerme en la vía, pero fue imposible con las llantas desinfladas. Solo recuerdo cómo el auto se desvió y se acercó rápidamente a una piedra tan gigante como otro auto. Escuché los sonidos de las sirenas. Quería hablar o abrir los ojos, pero no podía, poco a poco esos sonidos se iban desvaneciendo como el humo del cigarro de un fumador. hasta que solo hubo silencio.