La historia del filósofo que sabía que no sabía


Hace más de 2400 años, en la ciudad de Atenas, existió un filósofo que, aunque no escribía libros ni daba clases formales, encontró su propia manera de compartir su conocimiento. Sócrates se dedicaba a deambular por las calles de su ciudad, haciéndoles preguntas incómodas a las personas con las que se topaba, con el ánimo de hacerlas pensar.

De esta manera tan curiosa de difundir ideas, dio origen a mi método favorito: el Método Socrático.

En una ocasión, un conocido del pensador se dirigió al oráculo de Delfos (una especie de adivina sagrada, muy respetada en Atenas) con una pregunta en mente:

—¿Cuál es el hombre más sabio de todos?
El oráculo respondió:
—Nadie es más sabio que Sócrates.

Cuando esa información llegó a oídos de Sócrates, él se mostró escéptico. No podía creer las palabras del oráculo. Y, como mente inquieta que era, decidió investigar por su cuenta.

Habló con políticos, artesanos, poetas y sabios de la época, personas que se creían expertos en sus respectivas áreas.

Y aquí se dio cuenta de algo muy interesante: todos decían saber más de lo que en realidad sabían. Hablaban con seguridad sobre cosas que no dominaban del todo y, además, no reconocían sus errores ni mucho menos sus límites.

Con todo esto, Sócrates entendió lo que lo diferenciaba de todos ellos: su humildad. Él sí aceptaba sus errores y comprendía que no lo sabía todo. Y con esto concluyó que, si el oráculo estaba en lo cierto, era porque él era más sabio justamente por saber que no sabía nada.

¿Qué nos enseña esta historia?

Este relato es una excelente manera de fomentar la humildad intelectual. Sócrates nos enseñó que el sabio no es aquel que cree saberlo todo, sino el que piensa como un niño: se hace preguntas, busca respuestas a sus incógnitas y acepta sus propios límites.

De todo esto, podemos rescatar una frase que sigue teniendo poder hoy en día:

“Yo solo sé que no sé nada.”

Fuente principal: Apología de Sócrates, escrita por Platón, su discípulo.