Cuento Es La Hora 

Agradecimientos a Ana Yibe, que me apoyó en la edición de este texto 😊. 

Podía ver su cara a través de él. No podía hacer nada, estaba desapareciendo. Y eso, me producía una felicidad inexplicable.

—Estás desapareciendo.

—¿Qué? —preguntó, sin haber escuchado mi voz

¿Y si se percata? No, mejor, no, pensé. No estaba segura, pero había una posibilidad de que al notarlo pudiera dejar de hacerlo, y eso, yo no lo deseaba. Quería deshacerme de Luis, y esa era mi oportunidad.

Mi mamá, aunque más lejos que Luis, se percató de mi voz. Con seguridad, la preocupación por mí la mantenía alerta.

—Mi amor, estoy aquí. No estoy desapareciendo. Tranquila —dijo con voz angustiada mientras sostenía mi mano con firmeza.

Quise responder, pero al tratar de pronunciar palabras, de mi boca solo salió un gemido. La habitación se tornó más calurosa que antes y las gotas de sudor empezaron a brotar de mi frente. Traté de cerrar mis ojos sin éxito. Sentía como si alguien me los sostuviera. Mi vista se llenó de bultos que empezaron a difuminar mi entorno, acompañado de un escozor en aumento.

Con dificultad observé a mi mamá que ahora miraba ese aparato que pitaba al lado de mi camilla. Era blanco, con un par de botones que sobresalían de la carcasa debajo de la pantalla. En ella, se mostraba un gráfico sincronizado al ritmo de mi corazón. Junto a él, un par de números que cambiaban de forma ocasional, producían que a mi mamá se le erizara la piel.

Sus ojos se abrieron, levantándose con lentitud. Sin despegar la vista del monitor, su cuerpo se tensó y las manos comenzaron a temblarle. Su cara reflejaba miedo y, sin mediar palabra, soltó un grito antes de correr hacia la puerta.

—¡Doctor, doctor! ¡Algo le pasa a mi hija! —gritó con su voz retumbando en los pasillos.

Los pitidos de la máquina empezaron a aumentar. Traté de levantarme, pero mi cuerpo no respondía. Quería gritar, pero mi boca estaba paralizada.

Observé la silla a mi derecha y no estaba. Luis no estaba. ¿Por fin desapareció?, pensé, llenándome de alegría, aunque mi pecho empezaba a doler.

—Excelente —exclamó con una sonrisa en su cara—. Es hora de irnos Sofía. —dijo observándome desde la puerta con sus cuencas vacías.

—¡Déjame en paz, lárgate! —grité retomando el control de mis cuerdas vocales.

—Te acompañé en vida, ahora me debes acompañar en la muerte. —respondió con una calma gélida.

—¡Ayuda, ayuda! —grité, sin obtener una respuesta. El zapateo de personas y de camillas siendo trasladadas era inexistente. Solo podía escuchar los pitidos, mi respiración agitada y las entrañas de Luis revolviéndose en su interior—. ¡No quiero, déjame vivir!

—Eso no lo decido yo. Es por tu bien. No hagas esto tan difícil.

Sentí sus manos contra mi cuello, asfixiándome. Aunque no se había movido, podía sentir su cuerpo aprisionándome. Me inmovilizaba con sus piernas mientras su aliento me humedecía la cara.

—¡Suéltame! —grité logrando girar, cayendo de espaldas con un golpe seco contra el suelo.

Los cables y tubos conectados a mí se arrancaron de mi piel produciendo que el pitido fuera un sonido constante. Luis soltó una pequeña risa antes de caminar hacia mí. Cada paso que daba mi cuerpo se contraía y las ganas de llorar se hacían insoportables. Al llegar a mis pies se arrodilló y con suavidad me tomó de la mano.

—Por favor... —dije sin poder contener más mi llanto.

—Mi amor, no estoy desapareciendo, la que está desapareciendo eres tú.