Primer acercamiento a la tercera persona

hace tiempo que no publico por acá; ya saben, cosas pasan y seguirán pasando.
Hoy no vengo con un texto terminado, sino con un intento: quiero compartirles mi primer acercamiento a la escritura en tercera persona. Aún está incompleto, pero siento que tiene potencial, así que decidí traerlo tal como está.

Con cada paso que da, crujen los vidrios rotos debajo de la suela de sus botas.


El pasillo de una casa veraniega ahora parece tan sombrío como el de un hospital del siglo XIX.


—¿Qué pasó aquí? —se preguntó, Apuntando su linterna hacia las oscuras y musgosas paredes del pasillo.


Al acostumbrarse a la luz cegadora, se sorprende al notar la docena de cuadros que hay en la pared. Extrañado, apunta la linterna a la derecha, topándose con otra cantidad desproporcionada de marcos con ilustraciones.


Todo un artista el sujeto que vivió aquí, piensa, caminando antes de plantarse al frente del primer cuadro: 


Dibujado con pincelazos precisos, dentro de un marco polvoriento y corroído, un gran balle lleno de plantaciones de trigo cubre la mayoría del lienzo. En una de las esquinas, un río cruza dividiendo la pintura en dos mitades, junto a él, una casa de madera vieja, de techo de paja y ventanas de palo, es iluminada por la luz del sol.


—Que talento —se susurra.


Con rapidez, repasa los cuadros adyacentes notando diferentes ilustraciones de paisajes. Algunos nevados, otros desérticos, pero todos compartiendo la misma técnica en su elaboración. Dotados de detalles tan finos como si hubieran sido elaborados con la hebra de un cabello, crean un hiperrealismo admirable hasta por el artista más experimentado.     


Sin darle más importancia, sigue caminando con la vigilia atenta. Al     final, una ventana rota ilumina el living, haciendo inútil su linterna.


Al acercarse observa la playa, ya palidecida por la gruesa capa de nieve. El vaivén de las olas arrastra el frío al interior de aquella ex morada y, aunque su vestimenta es la adecuada para la temporada, aún el gélido aire le cala en los huesos. 


Se da la vuelta y observa la habitación que hace unos segundos había ignorado por completo.


Arrastra con suavidad los dedos por la tapicería desgarrada del sillón junto a la ventana. Le gustaría sentarse y descansar un poco, pero no saber el origen de las manchas negras en el espaldar lo limita, incluso teniendo las plantas de los pies adoloridas.


Qué asco, piensa cuando la textura polvorienta se vuelve pegajosa más cerca de esa mancha. Con repelús quita la mano, limpiándola en su abrigo.


Ya escudriñando con más interés el cuartucho, nota lo destruido que está:    
En el centro, nota una alfombra con un patrón anticuado pero colorido, que ahora era un basurero de botellas y cajas de cartón.


Justo al lado, observa un mueble de madera corroído por la humedad, sosteniendo a duras penas un viejo televisor de tubo.


Al levantar la mirada, se percata de un cuadro más pequeño de lo normal justo a la izquierda del pasillo de donde vino.


Se acerca entrecerrando los ojos, tratando de descifrar la ilustración del cuadro. Titubea por unos segundos, pero decide dar los últimos pasos hasta poder descolgar el cuadro de su soporte.


¿Qué es esto?, se cuestiona al ver con claridad lo que estaba dibujado en él.


De pie, un hombre sostenía un hacha de gran envergadura con la facilidad de una fuerza innata. Su cara, oculta por una gran capucha de cuero sobre su cabeza, solo dejaba ver sus ojos verdes, que contrastaban con el marrón del resto de su atuendo.


Se parece tanto a los míos, se dijo detallando su mirada, que parecía brillar más que el resto de la pintura. Desasociado de lo que veía, en su cara se dibujó una ligera sonrisa mientras limpiaba la suciedad de la superficie con la manga de su abrigo.


Sin la capa de polvo notó nuevos detalles, que borraron su sonrisa y lo estremecieron al instante:
La gabardina que lo cubría, estaba llena de grandes marcas de color vino, que parecían haberse escurrido y secado en su atuendo. En el doble filo de su arma, un líquido espeso y de un color carmesí, se deslizaba debajo de sus botas tiñendo el pasto de aquel visceral tono.