Encuentro cierta felicidad al aceptar que no lo entiendo todo, y que eso está bien.
El conocimiento nos salva de la superficialidad del pensamiento moderno, pero también es una trampa: puede llevarnos a sobrepensarlo todo y empujarnos a una realidad que nos vuelve infelices.
Si un perro supiera que su cuidador algún día va a morir, no ladraría de alegría.
Y si tú comprendieras el verdadero sentido de la vida, quizá te sería más fácil acabar con todo.
Por suerte, la ignorancia puede convertirse en nuestra mayor fortaleza.
Nos protege de lo complejo y cruel del mundo, aunque suene contradictorio.
El precio de mirar debajo del tapete
Revisar debajo del tapete nos da acceso a lo que nos rodea, pero también nos expone al veneno de la cruda realidad.
¿Estás dispuesto a cambiar tu calma y tu paz por conocimiento?
Muchos filósofos lo hicieron, y te aseguro que varios fingieron ignorancia para no decir en voz alta que, en el fondo, nada importa: somos minúsculos en la inmensidad del universo, y ningún logro —grande o pequeño, moral o inmoral— produce un cambio realmente significativo.
Otros, más resignados y tan crudos como la vida misma, sí lo dijeron en sus obras:
la vida es un péndulo entre el placer y el aburrimiento, un ciclo interminable de deseos que, como una copa de vino, tarde o temprano se vacía y obliga a volver a llenarla para embriagarte otra vez de ese placer que te impide lanzarte por un precipicio.
El mecanismo de la vida
Lo peor es que estás atado a la vida desde tu propia construcción genética, sin importar si para ti es una bendición o un castigo.
El miedo te aleja de los peligros,
el asco te protege de enfermedades,
y la felicidad te convence de que valió la pena cruzar el desierto por una gota de agua.
Un sistema perfectamente diseñado para que busques un dulce minúsculo entre clavos oxidados.
¿Y si dejas de buscarlo?
Si soportas la monotonía de una vida cuyo único final seguro es la muerte, la vida te recompensará sin que muevas un dedo:
un atardecer que te sacude por dentro,
o un amor que llega sin pedir nada.
La zanahoria perfecta para que vuelvas a perseguir el placer.
El círculo
El círculo nunca se cierra.
Siempre caes, porque cuanto más corres tras el placer, más rápido y con más fuerza te estrellas.
Y el daño que te haces, irónicamente, tendrás que llenarlo con aquello mismo que te hirió.
Como ya habrás intuido, es imposible salir de este ciclo interminable.
Así que, si te toca correr, al menos hazlo mirando dónde pones los pies.