He firmado mi sentencia con lágrimas y sangre. Cedí al visitante de mi mente, y ahora bebe café sentado en la parte más elevada del edificio. Tiene la libertad de tomar decisiones por mí, y ha despedido a mi voluntad.
Se hospedó en mi casa, utiliza mi ropa y se acomoda en mi cama. Juega con mi perro y responde el teléfono a mi nombre. Me sigue al trabajo escondido en mi maletín, enreda mis cables y desordena los documentos. Salta entre paredes y chilla para que le preste atención; me mira con aquellos ojos de felicidad.
Al final del día, se cuela a la parte trasera del carro. Cuando lo enciendo, pisa el acelerador, se estira desde la ventana y cambia los semáforos a rojo, toma el volante y gira hacia la acera. Me pincha las costillas y hala de mi pelo; me susurra al oído que los atropelle a todos.
Llego a mi casa y me abre la puerta, disfruta de mi cena y habla con mis hijos. Me quita la ropa y me obliga a llorar en la ducha, seca mi cuerpo hasta que mi piel empieza a enrojecerse. Me asfixia con el cepillo de dientes, me hace mirarlo al espejo y decir lo increíble que es mientras le beso las mejillas.
A la hora de dormir, apaga las luces, me desea buenas noches y hace el amor con mi mujer.
angustiacontrolcotidianocuerpodelirioidentidadinvasiónmentemiedooscuridadRelatosombrasumisiónusurpadorvacíovoluntad